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miércoles, 21 de octubre de 2009

Mi vieja y querida tierra...


La Portilla de la Garganta.



Esa protuberancia que se ve a la izquierda, es lo que los serradillanos llamamos "el Fraile de la Garganta" una formación rocosa natural, que semeja un fraile leyendo en un libro.


Mí vieja y querida tierra...
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Sierras de tupida cresta...
jaras... lentisco... madroños...
Encinares multiformes
de recios y duros troncos
que se elevan retorcidos
sobre los prados herbosos.
Asé te veo en mí mente
cuando a mí mente... devoto,
acude el viejo recuerdo
con un regusto sabroso.
Así te veo y te amo.
Así en mí mente tan solo,
se amontonan los recuerdos
como un agradable poso,
un poso que va llenando
mí corazón y mis ojos.
Porque a través de ellos veo
en un pasado remoto
a mí vieja Extremadura,
esa tierra donde un soplo
de Dios, forjara unos hombres
de corazón generoso,
de intrépida bizarría...
de acerado y firme tronco.
Esa es mí tierra y la sueño.
Esa es mí tierra y la añoro.
¿Que me importa que la gente
no entienda, como nosotros
que el corazón extremeño
como en la encina su tronco
aguante las inclemencias
con gallardía y aplomo?
Sierras de tupida cresta,
jaras... romero... madroños...
¡es la vieja Extremadura!
Árbol que tiene en su tronco
latiendo, los corazones
de extremeños orgullosos,
que aunque vivan lejos, viven
recordándola con gozo.

Este poema como casi todos los que publico en este blog, también corresponde a mí futuro libro "Pensamientos con rima" que espero ver pronto publicado.
Por motivos que no vienen al caso, no estoy atendiendo como debiera mis blog, pero confío en que esto durará poco y podré publicar otra vez con regularidad mis cosas y visitar a mis amig@s de otros blogs.

sábado, 3 de octubre de 2009

Es... como un milagro

Es... como un milagro
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¿Una infancia triste?
Nunca lo he pensado.
A pesar de todo...
nunca fue tan malo;
nunca la pobreza
se me ha presentado
con la cara fea
ni ese gesto insano
con que nos la ofrecen
los telediarios.
Vivir con lo justo
sin tirar de largo
no es estar sufriendo
ni vivir penando,
porque nuestra vida...
el vivir diario...
es mucho mas que eso...
es... como un milagro.
Es sentir la vida
 que fluye despacio,
es gozar de aquello
que nos ha llegado.
Es sentir la calma
de un cielo estrellado,
las voces ocultas
del viento silvando,
la suave dulzura
de un día nublado.
Si. Sentir la vida
es... como un mlagro.
De mí infancia digo
que se fue volando
porque fue vivida
con ímpetu, claro,
con el ansia limpia
de un enamorado
que solo la vive...
¡es lo mas sensato!
pero en ese vuelo,
se fueron grabando
tantas cosas lindas
 de mí suelo amado,
que solo por eso
me digo que es algo
que me ha convertido
en afortunado.
Y creo sincero
que ese ayer lejano
que fuera mí infancia...
¡es como un milagro!
A veces, recuerdo
del ayer lejano
las luchas diarias
que como muchachos
sin preocupaciones
nos iban dejando
sin darnos ni cuenta,
los cuerpos cansados
y mil cicatrices
en los pies descalzos...
y a pesar de todo,
hoy, al recordarlo,
me siento de nuevo
como transportado.
Se me ensancha el pecho
y sube a mis labios
una sonrisilla...
¡de muchacho... claro!
porque al revivirlo
me siento encantado,
porque es tan bonito...
es... ¡como un milagro!
Y cierro los ojos...
 mis ojos cansados
de mirar el mundo...
 de ver mil fracasos...
y a pesar de todo,
el recuerdo es claro...
los sueños del niño
aun siguen guardados.
De mí infancia digo
que es como un regalo,
un trozo bendito
que se me ha quedado
en medio del alma
y es como un reclamo.
Un trozo de vida
a fuego grabado
que siempre me sigue.
Bendito regalo
del que nada tiene
y que sin embargo
se siente dichoso.
Es... ¡como un milagro!
Recordar las penas...
¿sirve para algo?
si hay recuerdos bellos...
¿para que amargarnos?
vivamos la vida...
¿hay algo mas sano?
y ante el infortunio
abramos los brazos.
Y cuando las penas
quieran atacarnos,
volvamos la vista
hacia aquellos años,
hacia los recuerdos
de nuestro pasado,
hacia los recuerdos
que están esperando
como los juguetes
un nuevo repaso.
Otro niño nuevo
que quiera estrenarlos...
que sonría al verlos...
¡ese es el milagro!
Estrenar de nuevo
los sueños gastados
sacar de las sombras
como un bello ramo
de olorosas flores
el ayer soñado;
volver a ser niños
que esperan ufanos
el jugute nuevo
que siempre soñaron
y que se esperaba
de los Reyes Magos.
Porque la legría
siempre la llevamos
guardada en el pecho
como un relicario,
y sale y nos deja
como embelesados,
como niño chico
al que le compraron
su juguete nuevo...
¡bendito milagro!
¿Una infancia triste?
¿un niño amargado?
¿con la mente inquieta
que el Señor le ha dado!
¡jamás en la vida
me lo he imaginado!
La vida es alegre,
con sus altibajos,
con sus tropezones...
con sus buenos ratos.
Y eso es lo bonito...
¡ese es el milagro!


De mí futuro libro Pensamientos con rima.
Aun cuando en mí poema haya un cierto optimismo ante aquellos tiempos, no es todo verdad. La verdad es que fueron unos tiempos difíciles, pero estaba mí madre y ella nos hacía ver las cosas en un color que tal vez no existiera. Siempre la daré las gracias por ello. Porque nos hizo ver y disfrutar de las cosas bellas de la vida y dejar las cosas tristes aparte.   Por eso siempre he creido que una infancia feliz es la mejor herencia que los padres pueden legar a sus hijos. Gracias madre y gracias padre por ello.




martes, 22 de septiembre de 2009

Los abuelos.

Los abuelos




La foto que ilustra esta entrada se la he pedido prestada a mí amiga Victoria de su blog: "Los recuerdos de los abuelos".


Los abuelos
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Cada vez que veo en televisión reportajes sobre los ancianos, me viene a la memoria el recuerdo de mi abuelo Valeriano. Siempre le veo sonriente. Campechano. Amigo de bromas. Y recuerdo que como el, en aquella época, había muchos. Los veías en las casas con sus hijos en continuo trato con los nietos. Nadie se cuestionaba si la compañía de los abuelos era buena o mala para ellos, porque todos sabían que los abuelos eran insustituibles en el corazón de todos y cada uno de sus nietos.


Mi abuelo era zapatero. Lo mismo que lo fueron sus hijos, mis tíos. En aquellos tiempos, la gente no iba a comprarse zapatos a las zapaterías. Se los hacían. Era lo que hoy se dice como una alabanza... "personalizados". Recuerdo cuando iba a su casa, el olor del "cerote"; como hacía los cabos encerados con el. Las hormas, las cuchillas... y su charla, amena y simpática. Recuerdo que le llevaban los zapatos y botas para que los ahormara porque les apretaban o les rozaban o se le habían deformado porque llevaban mucho tiempo sin ponérselos. Mi abuelo los metía en la horma, los tenía allí tres o cuatro días y como nuevos.


Si, quería hablar de mi abuelo Valeriano. Y sin darme cuenta, se me van los recuerdos por otro sitio; pero bueno, al fin y al cabo, recordar todo esto, también es recordar a mi abuelo: Y desde luego, recordar lo mucho que le queríamos todos en casa. Con esto no voy a descubrir nada nuevo, porque todos aquellos que en su casa hayan convivido con su abuelo o abuela, saben que esto es algo tan normal, que a veces, se nos olvida. Y es una pena, porque la verdad es que los abuelos han sido siempre los amigos, los cómplices, los maestros, los bancos, -porque siempre los sacábamos alguna "perra"- los que nos iban enseñando poco a poco las cosas de la vida. Hoy existe una profesión nueva. Los "cuenta cuentos", pero eso ya era viejo en nuestra época, porque nuestros abuelos eran los mejores "cuenta cuentos" que nadie se pueda imaginar jamás. Hoy, lo triste es que ya los abuelos tienen muy poco roce con sus nietos. La mayoría están en las residencias. Lo que ocurre es que sus hijos te dicen lo bien que están allí y uno llega a pensar si de verdad lo creen. Porque uno cree que los abuelitos donde mejor deberían estar, es con sus nietos y con sus hijos. Enseñando todo eso que les costó una vida entera aprender. Su experiencia.


Pero claro, hay muchos que creen que donde mejor están es en las residencias. Si. Porque muchas veces los niños los dan mucha tabarra. No los dejan en paz, los agobian, les dan la lata, no los dejan descansar... ¬¡pobres abuelos! Claro que todo eso es porque no se les pregunta a ellos. Ni a los niños. Ni los unos ni los otros tienen voz ni voto a la hora de decidir lo que se debe hacer con los abuelos. Y es una pena. Se pierde un gran potencial humano que además es desinteresado. Y se pierde, sobre todo, esa capacidad de cariño que siempre han tenido los abuelos y algo no menos importante: se pierde toda esa experiencia tan enriquecedora que los nietos encuentran en el trato con ellos.


Siempre he pensado que es muy triste ver en la tele todas esas mal llamadas residencias donde los pobres viejos vegetan. Donde no hay para ellos ningún aliciente Donde casi nunca ven a sus hijos y mucho menos aún a sus nietos. Unos lugares donde los tratan como trastos viejos que no tienen ninguna utilidad, pero, por lo visto, les es rentable. Se me revuelven las entrañas. Y me acuerdo de mi abuelo. Tío Valeriano "Peseta". El zapatero. El que luego fuera durante mucho años, el portero de un cine que había en mí pueblo llamado Cine Jiménez. Recuerdo en una ocasión, que por unas obras en una residencia, se llevaron unos cuantos ancianos a un colegio de niños. No olvidaré nunca, como los padres de los niños protestaban porque sus hijos convivían con los pobres viejos. Como si tuvieran alguna enfermedad contagiosa, como si estuvieran apestados. Dando mil y una razones para justificar su queja delante de las cámaras de la televisión.



(Y viéndolos, yo me acordaba de mi abuelo. De lo bien que nos lo pasábamos cuando se quedaba a dormir en mi casa y nos acostábamos con el. Y nos contaba cuentos. Y nos regañaba cuando le decíamos las fechorías que habíamos hecho ese día. Porque sin que nunca haya sabido el porqué, a mi abuelo siempre le contábamos las cosas que hacíamos y que no le contábamos a nuestros padres. El se reía y siempre guardaba nuestros secretos. Quizás por eso le queríamos tanto. Era para nosotros como un amigo más con el que compartíamos todo y que siempre nos entendía e incluso nos alentaba un poco.)


También, es cierto, he visto no hace mucho en televisión la escena contraria; Un colegio de niños pequeños tuvo la iniciativa de llevar a sus alumnos a pasar el día a una residencia, para que los niños convivieran con los abuelos. Se les veía felices. Lo mismo a los niños que a los ancianos. Los niños cuidaban de los abuelos y los abuelos cuidaban de los niños. Como siempre ha sido, no han descubierto nada nuevo, pero al menos, lo han puesto de manifiesto también ante las cámaras de la televisión. Ojalá cunda el ejemplo. Ojalá podamos seguir viendo a los niños disfrutar con la compañía de unos cariñosos abuelos... aunque no sean los suyos. Sabemos que hoy las cosas no son como eran antiguamente, pero los niños y los ancianos sí son lo mismo que entonces. Tanto los unos como los otros siguen necesitados de amor. De afecto y experiencia los niños. Y de afecto y compañía los abuelos.


Recuerdo que cuando yo era niño, mi madre nos contaba la historia del hombre que llevaba a su padre cargado a las espaldas, camino del asilo -entonces eran asilos en vez de residencias- y cansado de la carga se detuvo a descansar sobre una gran roca que sobresalía al lado del camino. El anciano suspiró y dijo: Aquí también paré a descansar yo cuando llevé a mi padre al asilo. Y se puso a llorar amargamente. ¿Le remordió la conciencia a su hijo? O tal vez pensó que eso mismo también le podía ocurrir a el un día mas o menos lejano, porque el también tenía hijos. La cuestión es, - decía mi madre, - que cargando de nuevo con su padre emprendió el camino de regreso a su casa, pensando que siempre habría un hueco donde tenerle y por supuesto, tampoco faltaría un plato de comida para el pobre anciano.


¬¡Lecciones te da la vida! Lástima que hoy ya no se lleva a los padres como se llevaban entonces, cargados a las espaldas... y los coches no paran a descansar.












Lo escribí hace siete años, en el 2.002 pero creo que esto siempre está y estará vigente, porque el trato dado a los ancianos creo sinceramente que va a peor. Y lo siento porque  recuerdos como estos míos debe de haber mucha gente que los tenga... ¿no es verdad? Pensemos en ello. 












jueves, 10 de septiembre de 2009

El calor de una toquilla de lana

A veces recuerdo cosas de mí niñez. No siempre son cosas alegres. Pero si no alegres, en la mayoría de las ocasiones si que son muy reconfortantes y entrañables. Las viejas calles empedradas de Serradilla, -ya desaparecidas, ahora están cubiertas por una capa de cemento que no me gusta nada- guardan en sus escondidos rincones tantos sueños infantiles... tantas aventuras de aquellos años de mí niñez que sin querer se acercan a mí mente, que pienso si quizás buscando cosas que suponemos mejores, no hemos ido dejándonos atrás lo auténticamente bueno. A veces recorro en mí mente las viejas calles; por desgracia, tengo que recorrerlas con mí pensamiento, puesto que recorrerlas físicamente, paso a paso, rincón por rincón como a mí me gustaría, reconozco que me resultaría muy difícil hacerlo las pocas veces que puedo venir a Serradilla, por falta de tiempo. Cosas de la vida moderna y sus prisas.
Pero las sigo viendo tal como eran entonces. Se que ya no son así. Se que aquellas calles empedradas -"enrollás" decíamos nosotros, porque se "enrollaban" con "rollos"- han dado paso a unas calles en las que el cemento ha enterrado los miles y miles de peonadas que el ayuntamiento daba en el invierno a los obreros del campo para paliar el hambre de muchas familias serradillanas en épocas en que no había otra cosa que llevarse a las manos. (Ni pan a la boca).
Aún así, como antes he dicho, las sigo viendo igual que entonces. Y recuerdo a sus gentes; el trajín incesante de los niños por las calles. La mujeres con sus "guardapieses" de colores, sus sayas negras, y el moño y el pañuelo sobre sus cabeza y la toquilla de lana (o pelerina, que también se llamaba así) sobre los hombros... ¡que cálidas eran!
Recuerdo su calor cuando de  pequeño, mí madre me envolvía con ella. ¡Que plácida sensación!... parece como si ahora mismo, mientras escribo estas líneas, sintiera sobre mí piel su contacto cálido y suave.
No recuerdo el frío que a veces dejaba ateridos mis pobres pies descalzos. Solo recuerdo la suavidad de la toquilla de mí madre impregnada con el calor de su propio cuarpo. Y me pregunto si todo eso que hoy damos a nuestros hijos -calefacción, casas cómodas etc.etc.- es tan cálido como lo eran ayer esas toquillas de lana que llevaban nuestras madres.
Mí respuesta, tristemente es que no. Las casas serán mas calientes, las comodidades serán mayores, pero ese calor personal que nos proporcionaba la toquilla de nuestra madre es insustituible.
No estoy diciendo que no me gusten todas esas cosas nuevas. ¡Oh no! ¡al contrario! Son logros que hemos ido consiguiendo con nuestro trabajo y esfuerzo a lo largo de toda nuestra vida y es lógico que nos guste y lo disfrutemos. Esto no es óbice, para que yo añore el contacto sobre mí piel de la lana, tibia por el calor de mí madre, tibia por todo el calor que su cariño nos transmitía. El pobre calor  de una toquilla de lana que llevaba dentro todo el calor de su cariño. El pobre calor de una toquilla de lana que ella, generosa, -.como todas las madres- ofrecía a todos y cada uno de sus hijos cuando lo necesitaban.
Estas son algunas de las cosas que recuerdo de mí niñez. Acaso sean tristes en muchas ocasiones. Pero como decía al principio... reconfortantes. Si. Siempre son reconfortantes. Cuando pienso en ellas, siento en mí corazón un suave calor... un calor como aquel que me transmitía la vieja toquilla de mí madre... algo que me llena, que me reconforta, algo que nunca me darán los cálidos radiadores que alejan el frío del invierno en mí casa. Estos dan calor a mí cuerpo. Aquella -hoy lo se- daba calor también a mí alma.
Una simple toquilla de lana. Un simple recuerdo. Y sin embargo... ¡cuanto amor hay en ambas cosas! solo aquell@s que siendo niñ@s sintieron sobre su piel esa cálida suavidad de una toquilla de lana, podrán entender mis pensamientos. A pesar de todo, creo que fuí un niño privilegiado. A pesar del frío y los pies descalzos, en muchas ocasiones... estoy seguro de haber sido  afortunado. Habrá mas de un@ que no lo entienda. Que se ría de estos comentarios. No me importa. Yo se que a veces se pueden añorar las cosas tristes. Esta puede ser una de ellas. Hoy, tal vez los niños no pasen frío. Ni anden descalzos por las calles como andábamos nosotros. Pero, quizás sin ellos enterarse, se están perdiendo algo tan bonito y tan grande  como es el calor materno. Es lógico. Los adelantos modernos les dan una vida tan cómoda,  que quizás, como he dicho antes, sin ellos saberlo, puede privarles de algo tan simple  y sencillo como es el necesitar de vez en cuando el calor de su madre. Directamente sobre su piel. Sobre su corazón. Sobre su alma.
¿Será por eso que ya no llevan las mujeres sobre sus hombros aquellas suavísimas toquillas de lana?

Como no he encontrado en la red ninguna foto que me guste de alguna toquilla, os he traido esta. Es una perspectiva de Serradilla. (Por la cosa de hacer Patria  ¿vale?).
PD. Esta foto la he tomado de la página serradillana  Serradilla.com de Carlos Bravo.

domingo, 6 de septiembre de 2009

A una vieja fuente

La Juenti Nueva en Serradilla (Cáceres)
A una vieja fuente
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Caía tan mansamente, 
que de verdad, parecía
que se secaba la fuente
y el agua se consumía.
Pero era solo espejismo,
porque el agua, fresca y pura,
caía siempre lo mismo
y con la misma dulzura.
Manantial de agua escondido
por retorcidas callejas...
cuantas veces he bebido
de tus aguas y he sentido
cantar pájaros; y abejas,
en incesante zumbido,
en el silencio dormido
de aquellas paredes viejas.
¡Que quietud! ¡que sentimientos
llenaban el corazón!
Todo se tornaba lento,
se vivía con fruición.
Se respiraba la esencia
que da la tranquilidad,
con la dulce complacencia
que brinda la soledad.
Como si Dios estuviera
escondido en sus rincones.
Como si el alba naciera
entre aquellos portalones.
Era tal el sentimiento
de paz en aquel lugar,
que hasta sentías tocar
la Gloria a cada momento.
Cuanta nostalgia hay en mí
cuando a través de mí mente,
sigo viendo aquella gente
que en tiempos subía allí
a por agua de la fuente
y escucho por los rincones
sus cuchicheos... sus risas...
mientras llenaban sin prisas
los botijos barrigones.
Y es triste a mí parecer
que a pesar del adelanto
del agua en casa tener,
pueda llegarse a perder
algo que quisimos tanto...
aquellas fuentes que fueron
en la historia del lugar
un hito, porque sirvieron
para su sed mitigar,
o ya han desaparecido
o tal vez pronto lo harán,
porque ya, su cometido
nunca mas lo cumplirán.
Y antes de que ya el olvido
cierre para ella sus puertas,
en mí mente he revivido
este rincón tan querido
 de la Fuente de las huertas.
Rincón quieto y silencioso
donde los mirlos cantaban...
las higueras lo abrazaban,
 y un gran zarzal espinoso
protegía fieramente
con pinchos descomunales
las moras que ansiosamente
buscábamos los chavales.
Ya no hay risas. Ya no veo
el incesante trajín,
el ir y venir sin fin
y el sencillo comadreo.
Todo se nota a faltar...
hoy solo queda quietud
y acaso la ingratitud
para este bello lugar.
La vieja calle empedrada
mí mente va recorriendo...
apenas si falta nada...
mas vieja... si... lo estoy viendo,
mas permanece l sabor
que en otros tiempos tenía...
la frescura y el sabor
que de las huertas venía...
Portalones de madera...
viejas paredes de piedra
que casi cubre la hiedra...
y tras la curva me espera...
Me espera...
Prefiero dejarlo ahí. No se lo que queda hoy tras la curva de la Fuente de las Huertas. Acaso algo que no me gustaría ver; por eso prefiero dejar que en mí recuerdo siga como entonces, lleno de voces... de risas... de botijos barrigones que se van llenando lentamente... ¿Porqué cambiar esa imagen?
Una de las rutas turísticas dentro de la zona urbana de serradilla es la Ruta de las fuentes. Se pueden visitar la Fuente de la foto, que es la Fuente Nueva, la del poema que es la Fuente de las Huertas, la Fuente de los Grifos, la Fuente del Capillo y todavía había otras dos, que no estoy seguro pero creo que ya han desaparecido, al menos, la Juenti Jusu.