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viernes, 6 de noviembre de 2009

Sin querer







Otoño en Extremadura. (Foto de la red).

Sin querer
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No preguntéis porqué estoy hoy tan triste.
No sabría en verdad que contestaros;
no sabría porqué mis ilusiones
como las golondrinas se marcharon.
No sabría deciros, aun queriendo,
porqué todas las rosas se han quedado
marchitas, sin olor.
No se porqué las hojas de aquel árbol,
una a una cayeron y vacías
sus ramas se quedaron.
No sabría decir
porqué estoy hoy tan triste, que he llorado
sin saber el porqué. No lo sabría.
Siento un vago dolor... ¡y es tan amargo!
Acaso como el sol,
estoy tras un nublado
y siento en mí interior
como un presagio insano
que el otoño ya viene,
y tras el, tan helado
como un reflejo de mí propia vida
está el invierno frío... aguardando....
No sabría decir
porqué estoy apenado
y veo todo triste.
Pero pienso que acaso
en mí mente cansada,
sin querer, he asociado
el otoño a mí vida.
Sin querer... pero es algo tan claro,
que por eso... quizás solo por eso...
sin querer he llorado.


De mí proximo libro (si Dios quiere) Pensamientos con rima.

viernes, 30 de octubre de 2009

Paredes cuadriculadas


Cruz de los caidos





Foto de la Cruz de los Caidos a la entrada de Serradilla.

Se acerca el Dia de los Santos. No me interesan las nuevas modas. Para mí sigue siendo el día en que los cristianos honramos a nuestros seres queridos que fallecieron.


Paredes cuadriculadas
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Un camino de cemento
sin sombras, sin alamedas,
adornado de dolor,
en el cementerio lleva
por rincones solitarios...
-huele a ladrillo y cal fresca-
cuadriculados cajones
de cucigramas sin letras
que encierran seres amados
detrás de las losas negras.
Mil cuerpos ya putrefactos
-sombras detrás de las piedras-
reposan en negros nichos
tras cruces, flores y velas.
Todo el ayer recogido
en cuatro paredes nuevas
que borran del cementerio
la intimidad de la tierra.
La soledad y el dolor
se agiganta y se rebela
en la calle sin salida
formada por las hileras
de los nichos superpuestos
donde arcones de madera
cobijan en su interior
lo que ayer nuestro amor fuera.
Ya nunca podré rezar
ni llorar sobre la piedra
donde dormían los restos
de aquellos que yo quisiera,
ni podré limpiar la losa
donde las lágrimas dejan
reflejos de amor sincero,
brillo de dolor y pena.
Ni doblaré silencioso
una rodilla en la tierra
para rezar la oración
que aprendí yendo a la escuela;
tan solo podré rezar
-es el corazón quien reza-
mientros miro una pared
repleta de piedras negras
de perfil cuadriculado
con flores, cruces y velas
y fotos de aquellas gentes
que de niño conociera.
-Paredes cuadriculadas
cual crucigramas de pega,
que encierran seres queridos
en vez de encerrar las letras.-
Hacia un rincón solitario
el caminito me lleva.
¿Que me importan las paredes
con sus cruces y sus velas?
Aquí me trae el dolor,
el recuerdo... la tristeza,
el amor de los que fueron...
la soledad y la pena
que aquí se vuelve oración
y rebota entre las piedras,
y se pierde silenciosa
-entre cruces... flores... velas...-
entre suspiros y rezos
y poco a poco se mezcla
con las penas de otras gentes
y entre los nichos se quedan
impregnando los rincones
de una solemne tristeza.
Y al final, cuando me marcho,
tan solo el dolor se queda
acompañando a los muertos
mientras mis pasos se alejan...
-caminito de cemento...
sin sombras... sin alamedas,-
rumiando mil sensaciones
y rezando una postrera
oración, que fugitiva
entre los nichos se queda
para compartir con ellos
la tristeza de unas piedras...
irónico escaparate
de cruces y fotos viejas.
Y ramos de mustias flores.
Y palmatorias sin velas.

Siempre estarán en mí recuerdo.


miércoles, 21 de octubre de 2009

Mi vieja y querida tierra...


La Portilla de la Garganta.



Esa protuberancia que se ve a la izquierda, es lo que los serradillanos llamamos "el Fraile de la Garganta" una formación rocosa natural, que semeja un fraile leyendo en un libro.


Mí vieja y querida tierra...
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Sierras de tupida cresta...
jaras... lentisco... madroños...
Encinares multiformes
de recios y duros troncos
que se elevan retorcidos
sobre los prados herbosos.
Asé te veo en mí mente
cuando a mí mente... devoto,
acude el viejo recuerdo
con un regusto sabroso.
Así te veo y te amo.
Así en mí mente tan solo,
se amontonan los recuerdos
como un agradable poso,
un poso que va llenando
mí corazón y mis ojos.
Porque a través de ellos veo
en un pasado remoto
a mí vieja Extremadura,
esa tierra donde un soplo
de Dios, forjara unos hombres
de corazón generoso,
de intrépida bizarría...
de acerado y firme tronco.
Esa es mí tierra y la sueño.
Esa es mí tierra y la añoro.
¿Que me importa que la gente
no entienda, como nosotros
que el corazón extremeño
como en la encina su tronco
aguante las inclemencias
con gallardía y aplomo?
Sierras de tupida cresta,
jaras... romero... madroños...
¡es la vieja Extremadura!
Árbol que tiene en su tronco
latiendo, los corazones
de extremeños orgullosos,
que aunque vivan lejos, viven
recordándola con gozo.

Este poema como casi todos los que publico en este blog, también corresponde a mí futuro libro "Pensamientos con rima" que espero ver pronto publicado.
Por motivos que no vienen al caso, no estoy atendiendo como debiera mis blog, pero confío en que esto durará poco y podré publicar otra vez con regularidad mis cosas y visitar a mis amig@s de otros blogs.

sábado, 3 de octubre de 2009

Es... como un milagro

Es... como un milagro
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¿Una infancia triste?
Nunca lo he pensado.
A pesar de todo...
nunca fue tan malo;
nunca la pobreza
se me ha presentado
con la cara fea
ni ese gesto insano
con que nos la ofrecen
los telediarios.
Vivir con lo justo
sin tirar de largo
no es estar sufriendo
ni vivir penando,
porque nuestra vida...
el vivir diario...
es mucho mas que eso...
es... como un milagro.
Es sentir la vida
 que fluye despacio,
es gozar de aquello
que nos ha llegado.
Es sentir la calma
de un cielo estrellado,
las voces ocultas
del viento silvando,
la suave dulzura
de un día nublado.
Si. Sentir la vida
es... como un mlagro.
De mí infancia digo
que se fue volando
porque fue vivida
con ímpetu, claro,
con el ansia limpia
de un enamorado
que solo la vive...
¡es lo mas sensato!
pero en ese vuelo,
se fueron grabando
tantas cosas lindas
 de mí suelo amado,
que solo por eso
me digo que es algo
que me ha convertido
en afortunado.
Y creo sincero
que ese ayer lejano
que fuera mí infancia...
¡es como un milagro!
A veces, recuerdo
del ayer lejano
las luchas diarias
que como muchachos
sin preocupaciones
nos iban dejando
sin darnos ni cuenta,
los cuerpos cansados
y mil cicatrices
en los pies descalzos...
y a pesar de todo,
hoy, al recordarlo,
me siento de nuevo
como transportado.
Se me ensancha el pecho
y sube a mis labios
una sonrisilla...
¡de muchacho... claro!
porque al revivirlo
me siento encantado,
porque es tan bonito...
es... ¡como un milagro!
Y cierro los ojos...
 mis ojos cansados
de mirar el mundo...
 de ver mil fracasos...
y a pesar de todo,
el recuerdo es claro...
los sueños del niño
aun siguen guardados.
De mí infancia digo
que es como un regalo,
un trozo bendito
que se me ha quedado
en medio del alma
y es como un reclamo.
Un trozo de vida
a fuego grabado
que siempre me sigue.
Bendito regalo
del que nada tiene
y que sin embargo
se siente dichoso.
Es... ¡como un milagro!
Recordar las penas...
¿sirve para algo?
si hay recuerdos bellos...
¿para que amargarnos?
vivamos la vida...
¿hay algo mas sano?
y ante el infortunio
abramos los brazos.
Y cuando las penas
quieran atacarnos,
volvamos la vista
hacia aquellos años,
hacia los recuerdos
de nuestro pasado,
hacia los recuerdos
que están esperando
como los juguetes
un nuevo repaso.
Otro niño nuevo
que quiera estrenarlos...
que sonría al verlos...
¡ese es el milagro!
Estrenar de nuevo
los sueños gastados
sacar de las sombras
como un bello ramo
de olorosas flores
el ayer soñado;
volver a ser niños
que esperan ufanos
el jugute nuevo
que siempre soñaron
y que se esperaba
de los Reyes Magos.
Porque la legría
siempre la llevamos
guardada en el pecho
como un relicario,
y sale y nos deja
como embelesados,
como niño chico
al que le compraron
su juguete nuevo...
¡bendito milagro!
¿Una infancia triste?
¿un niño amargado?
¿con la mente inquieta
que el Señor le ha dado!
¡jamás en la vida
me lo he imaginado!
La vida es alegre,
con sus altibajos,
con sus tropezones...
con sus buenos ratos.
Y eso es lo bonito...
¡ese es el milagro!


De mí futuro libro Pensamientos con rima.
Aun cuando en mí poema haya un cierto optimismo ante aquellos tiempos, no es todo verdad. La verdad es que fueron unos tiempos difíciles, pero estaba mí madre y ella nos hacía ver las cosas en un color que tal vez no existiera. Siempre la daré las gracias por ello. Porque nos hizo ver y disfrutar de las cosas bellas de la vida y dejar las cosas tristes aparte.   Por eso siempre he creido que una infancia feliz es la mejor herencia que los padres pueden legar a sus hijos. Gracias madre y gracias padre por ello.




martes, 22 de septiembre de 2009

Los abuelos.

Los abuelos




La foto que ilustra esta entrada se la he pedido prestada a mí amiga Victoria de su blog: "Los recuerdos de los abuelos".


Los abuelos
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Cada vez que veo en televisión reportajes sobre los ancianos, me viene a la memoria el recuerdo de mi abuelo Valeriano. Siempre le veo sonriente. Campechano. Amigo de bromas. Y recuerdo que como el, en aquella época, había muchos. Los veías en las casas con sus hijos en continuo trato con los nietos. Nadie se cuestionaba si la compañía de los abuelos era buena o mala para ellos, porque todos sabían que los abuelos eran insustituibles en el corazón de todos y cada uno de sus nietos.


Mi abuelo era zapatero. Lo mismo que lo fueron sus hijos, mis tíos. En aquellos tiempos, la gente no iba a comprarse zapatos a las zapaterías. Se los hacían. Era lo que hoy se dice como una alabanza... "personalizados". Recuerdo cuando iba a su casa, el olor del "cerote"; como hacía los cabos encerados con el. Las hormas, las cuchillas... y su charla, amena y simpática. Recuerdo que le llevaban los zapatos y botas para que los ahormara porque les apretaban o les rozaban o se le habían deformado porque llevaban mucho tiempo sin ponérselos. Mi abuelo los metía en la horma, los tenía allí tres o cuatro días y como nuevos.


Si, quería hablar de mi abuelo Valeriano. Y sin darme cuenta, se me van los recuerdos por otro sitio; pero bueno, al fin y al cabo, recordar todo esto, también es recordar a mi abuelo: Y desde luego, recordar lo mucho que le queríamos todos en casa. Con esto no voy a descubrir nada nuevo, porque todos aquellos que en su casa hayan convivido con su abuelo o abuela, saben que esto es algo tan normal, que a veces, se nos olvida. Y es una pena, porque la verdad es que los abuelos han sido siempre los amigos, los cómplices, los maestros, los bancos, -porque siempre los sacábamos alguna "perra"- los que nos iban enseñando poco a poco las cosas de la vida. Hoy existe una profesión nueva. Los "cuenta cuentos", pero eso ya era viejo en nuestra época, porque nuestros abuelos eran los mejores "cuenta cuentos" que nadie se pueda imaginar jamás. Hoy, lo triste es que ya los abuelos tienen muy poco roce con sus nietos. La mayoría están en las residencias. Lo que ocurre es que sus hijos te dicen lo bien que están allí y uno llega a pensar si de verdad lo creen. Porque uno cree que los abuelitos donde mejor deberían estar, es con sus nietos y con sus hijos. Enseñando todo eso que les costó una vida entera aprender. Su experiencia.


Pero claro, hay muchos que creen que donde mejor están es en las residencias. Si. Porque muchas veces los niños los dan mucha tabarra. No los dejan en paz, los agobian, les dan la lata, no los dejan descansar... ¬¡pobres abuelos! Claro que todo eso es porque no se les pregunta a ellos. Ni a los niños. Ni los unos ni los otros tienen voz ni voto a la hora de decidir lo que se debe hacer con los abuelos. Y es una pena. Se pierde un gran potencial humano que además es desinteresado. Y se pierde, sobre todo, esa capacidad de cariño que siempre han tenido los abuelos y algo no menos importante: se pierde toda esa experiencia tan enriquecedora que los nietos encuentran en el trato con ellos.


Siempre he pensado que es muy triste ver en la tele todas esas mal llamadas residencias donde los pobres viejos vegetan. Donde no hay para ellos ningún aliciente Donde casi nunca ven a sus hijos y mucho menos aún a sus nietos. Unos lugares donde los tratan como trastos viejos que no tienen ninguna utilidad, pero, por lo visto, les es rentable. Se me revuelven las entrañas. Y me acuerdo de mi abuelo. Tío Valeriano "Peseta". El zapatero. El que luego fuera durante mucho años, el portero de un cine que había en mí pueblo llamado Cine Jiménez. Recuerdo en una ocasión, que por unas obras en una residencia, se llevaron unos cuantos ancianos a un colegio de niños. No olvidaré nunca, como los padres de los niños protestaban porque sus hijos convivían con los pobres viejos. Como si tuvieran alguna enfermedad contagiosa, como si estuvieran apestados. Dando mil y una razones para justificar su queja delante de las cámaras de la televisión.



(Y viéndolos, yo me acordaba de mi abuelo. De lo bien que nos lo pasábamos cuando se quedaba a dormir en mi casa y nos acostábamos con el. Y nos contaba cuentos. Y nos regañaba cuando le decíamos las fechorías que habíamos hecho ese día. Porque sin que nunca haya sabido el porqué, a mi abuelo siempre le contábamos las cosas que hacíamos y que no le contábamos a nuestros padres. El se reía y siempre guardaba nuestros secretos. Quizás por eso le queríamos tanto. Era para nosotros como un amigo más con el que compartíamos todo y que siempre nos entendía e incluso nos alentaba un poco.)


También, es cierto, he visto no hace mucho en televisión la escena contraria; Un colegio de niños pequeños tuvo la iniciativa de llevar a sus alumnos a pasar el día a una residencia, para que los niños convivieran con los abuelos. Se les veía felices. Lo mismo a los niños que a los ancianos. Los niños cuidaban de los abuelos y los abuelos cuidaban de los niños. Como siempre ha sido, no han descubierto nada nuevo, pero al menos, lo han puesto de manifiesto también ante las cámaras de la televisión. Ojalá cunda el ejemplo. Ojalá podamos seguir viendo a los niños disfrutar con la compañía de unos cariñosos abuelos... aunque no sean los suyos. Sabemos que hoy las cosas no son como eran antiguamente, pero los niños y los ancianos sí son lo mismo que entonces. Tanto los unos como los otros siguen necesitados de amor. De afecto y experiencia los niños. Y de afecto y compañía los abuelos.


Recuerdo que cuando yo era niño, mi madre nos contaba la historia del hombre que llevaba a su padre cargado a las espaldas, camino del asilo -entonces eran asilos en vez de residencias- y cansado de la carga se detuvo a descansar sobre una gran roca que sobresalía al lado del camino. El anciano suspiró y dijo: Aquí también paré a descansar yo cuando llevé a mi padre al asilo. Y se puso a llorar amargamente. ¿Le remordió la conciencia a su hijo? O tal vez pensó que eso mismo también le podía ocurrir a el un día mas o menos lejano, porque el también tenía hijos. La cuestión es, - decía mi madre, - que cargando de nuevo con su padre emprendió el camino de regreso a su casa, pensando que siempre habría un hueco donde tenerle y por supuesto, tampoco faltaría un plato de comida para el pobre anciano.


¬¡Lecciones te da la vida! Lástima que hoy ya no se lleva a los padres como se llevaban entonces, cargados a las espaldas... y los coches no paran a descansar.












Lo escribí hace siete años, en el 2.002 pero creo que esto siempre está y estará vigente, porque el trato dado a los ancianos creo sinceramente que va a peor. Y lo siento porque  recuerdos como estos míos debe de haber mucha gente que los tenga... ¿no es verdad? Pensemos en ello.